Aparece en un canal de Deltebre
un extraño ejemplar de siluro albino de 1,2 metros de longitud y 35 kilos de peso
ARCADI ESPADA | Barcelona
El gran siluro blanco ha llegado a Deltebre. Es
una noticia fenomenal. Cuando una especie produce en un hábitat determinado una
mutación, y una mutación en clave de leyenda como ésta, es que ha venido aquí para
quedarse. El ejemplo más próximo es el charnego. Ya no puede haber duda ni vacilación
ninguna: el Ebro es el río del siluro y bueno será que ese pez hórrido, voraz y
descomunal vaya añadiéndose a la colección de mitos del río, que es parca en santos de
la buena religión y en náyades del fosco paganismo.
Supe lo que era el siluro, el verano pasado, en
un inolvidable viaje por el río. En los bares de Fayón y Mequinenza me explicaron la
historia de Roland Lorkowski, un biólogo alemán, hoy próspero hombre de negocios, que
en 1974 cruzó la frontera con 32 crías de siluro del Danubio en su equipaje y las echó
a los pantanos. Sobre las razones de su gesto, que hoy sería delito y entonces sólo
generó indiferencia, hay versiones distintas. Las más amables sostienen que Lorkowski
actuó movido por la conciencia ecológica, al observar una paulatina disminución de los
peces depredadores en el río y la consiguiente proliferación de carpas que en poco
tiempo, y según su criterio, podrían alterar fatalmente el hábitat. Otros explican que
sólo le movieron razones comerciales: el siluro es un bicho apreciadísimo por pescadores
fáciles y también por alguno difícil, y los negocios de Lorkowski son transparentes:
vende peces de vinilio. Cebos. Si fue ésta la razón no hay duda de que acertó el
alemán. En la zona de Mequinenza el primer negocio, desaparecido el Edén, es ya la pesca
del siluro y lo que implica. Es difícil explicarse la gracia de sacar al grandullón de
su cobijo y una vez fotografiado con su captor echarlo de nuevo a las aguas perezosas del
pantano. Pero cada uno tiene sus épicas y en el bajo Ebro están encantados con la fiera
y sobre todo con sus hemingways.
En cualquier caso, la historia de Lokorwski
habrá de explicarse pormenorizadamente algún día e incluso puede que, ahora, en
presencia del gran siluro blanco, alguien tome el ejemplo de Nathaniel Philbrick y escriba
un libro tan fascinante como En el corazón del mar, reconstrucción ejemplar del gran
coletazo real de donde nació Moby Dick.
Mientras tanto, nada más que celebración. En el
río azotado por las sequías, los embalses y las centrales nucleares, en el río
vertedero de despojos genéricos y mercuriales, una criatura atómica ha tomado el mando.
Ya he dicho que es fea y descomunal -se han visto ejemplares de más de ochenta kilos que
pueden llegar a medir metro y medio-, y conviene añadir que en aquellos días me negué
repetidamente a probar su carne. 'Es rape', dijo uno. 'Es mierda', replicó otro. Sin
embargo, ni yo ni ustedes deberíamos parapetarnos en el rechazo. De hecho es incluso
probable que hayamos probado ya el siluro, despedazado en juliana y embozado en otro pez
por algún fino restaurador oriental, sabedor de que a la hora de comer se empieza por las
palabras.
El siluro ha provocado y provocará cambios en el
hábitat del Ebro. Algunos producen una gran melancolía; barbos y lucios tienen su vida
acabada. Otros son bellos y siniestros como las costumbres que adjudicaban a Baudelaire:
el máximo peligro de la replantación de cisnes en el Ebro es la depredación silura.
Otros cambios los explican muy bien, muy razonablemente, Montserrat Boquera y Violeta
Quiroga en un librito que apareció el año pasado, De la saboga al silur, sobre la
historia de la pesca en el río. Pero ningún cambio, por drástico o lamentable que sea,
alterará lo esencial: el siluro, divinidad tuerta, es hijo de nuestro tiempo. Como la
vaca loca o la artritis de Dolly. El mejor tiempo que hemos conocido. |